Los veteranos del gremio, el señor Wrench y el señor Toller, estaban en ese momento apartados manteniendo una charla amistosa, en la cual coincidían en que Lydgate era un petimetre, hecho a medida para servir a los propósitos de Bulstrode.
Con los conocidos ajenos a la medicina ya habían coincidido en alabar al otro joven practicante, que había llegado al pueblo tras la retirada del señor Peacock sin más recomendación que sus propios méritos y las pruebas de sólida adquisición profesional que podían deducirse de que al parecer no había perdido el tiempo en otras ramas del saber.
Estaba claro que Lydgate, al no dispensar medicamentos, pretendía arrojar infamias sobre sus iguales, y también desdibujar el límite entre su propio rango de médico general y el de los doctores, quienes, en interés de la profesión, se veían en la obligación de mantener sus diversas jerarquías —especialmente frente a un hombre que no había pisado ninguna de las universidades inglesas y gozaba de la ausencia en ellas de estudios anatómicos y clínicos, sino que venía con la difamatoria pretensión de tener experiencia en Edimburgo y París, donde la observación podía ser muy abundante, pero difícilmente sólida.
Así ocurrió que en esta ocasión Bulstrode quedó identificado con Lydgate, y Lydgate con Tyke; y debido a esta variedad de nombres intercambiables para la cuestión de la capellanía, diversas mentes pudieron formarse el mismo juicio al respecto.
El Dr. Sprague dijo de inmediato y sin rodeos al grupo reunido cuando entró: «Yo voy por Farebrother. Un sueldo, con todo el corazón. ¿Pero por qué quitárselo al vicario? No le sobra precisamente: tiene que pagar un seguro de vida, además de mantener la casa y hacer las obras de caridad de un vicario. Poned cuarenta libras en su bolsillo y no haréis ningún daño. Es un buen tipo, ese Farebrother, con tan poco de clérigo como sea necesario para portar las órdenes».