Era un muchacho avispado y, cuando entraba en calor de jugar, se tiraba en un rincón y en cinco minutos se metía de lleno en cualquier clase de libro que pudiera echar mano: si se trataba de Rasselas o de Gulliver, tanto mejor, pero el Diccionario de Bailey servía, o la Biblia con los libros apócrifos incluidos. Algo tenía que leer cuando no andaba montando en poni, ni corriendo y cazando, ni escuchando la charla de los hombres. Todo esto era cierto en él a los diez años; ya para entonces se había leído de cabo a rabo Chrysal, o las aventuras de una moneda de oro, que no era leche para niños ni ninguna mezcla de tiza pensada para pasar por leche, y ya se le había ocurrido que los libros eran pura mandanga y que la vida era una estupidez.
Sus estudios escolares no habían modificado mucho esa opinión, pues aunque «cursaba» sus clásicos y sus matemáticas, no descollaba en ellos.
Se decía de Lydgate que podía hacer cuanto le viniera en gana, pero sin duda aún no le había dado la gana de hacer nada notable.
Era un animal vigoroso de rápido entendimiento, mas ninguna chispa había encendido aún en él una pasión intelectual; el saber le parecía un asunto muy superficial, fácil de dominar: a juzgar por la conversación de sus mayores, al parecer ya había adquirido más de lo necesario para la vida madura.
Probablemente esto no era un resultado excepcional de la enseñanza costosa en aquella época de casacas de talle corto y otras modas que aún no han vuelto a repetirse.
Pero, unas vacaciones, un día lluvioso lo envió a la pequeña biblioteca de la casa a buscar una vez más un libro que pudiera resultarle algo fresco: ¡en vano! a menos que, en verdad, bajara una polvorienta hilera de tomos con lomos de papel gris y etiquetas descoloridas—los volúmenes de una vieja Cyclopaedia que nunca había tocado. Sería al menos una novedad tocarlos. Estaban en el estante más alto, y él se subió a una silla para