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nydus/MiddlemarchPublic
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LIV

Dorothea perseveró calladamente a pesar de las reconvenciones y la persuasión. Así, a finales de junio, todas las contraventanas se abrieron en Lowick Manor, y la mañana contempló con calma la biblioteca, brillando sobre las filas de cuadernos tal como brilla sobre el páramo agobiante sembrado de enormes piedras, mudo memorial de una fe olvidada; y el atardecer, cargado de rosas, entró silenciosamente en el gabinete verde azulado donde Dorothea prefería sentarse más a menudo.

Al principio recorrió todas las habitaciones, interrogando a los dieciocho meses de su vida con esposo y devanando sus pensamientos como si fueran un discurso destinado a ser escuchado por su marido. Luego, se demoraba en la biblioteca y no hallaba sosiego hasta haber ordenado cuidadosamente todos los cuadernos, tal como imaginaba que él desearía verlos, en rigurosa secuencia.

La compasión que había sido el motivo restrictivo e imperioso en su vida con él seguía adhiriéndose a su imagen, aun mientras le reprochaba con pensamientos indignos y le decía que había sido injusto.

De un pequeño acto suyo tal vez se sonría uno como de una superstición. La Tabulación Sinóptica para uso de la señora Casaubon, la encerró y selló cuidadosamente, escribiendo en el interior del sobre: «No pude usarla. ¿No ves ahora que no podía someter mi alma a la tuya, trabajando sin esperanza en lo que no creo?—¿Dorothea?». Luego depositó el papel en su propio escritorio.

Aquel coloquio silencioso fue tal vez solo tanto más ferviente cuanto que por debajo y a través de todo ello latía siempre el profundo anhelo que en realidad la había determinado a ir a Lowick.

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