—Ciertamente usted difiere —dijo, con cierta altivez—. No pensé en compararlos: semejante capacidad de labor perseverante y devota como la del señor Casaubon no es común.
Will vio que ella estaba ofendida, pero esto no hizo sino darle un impulso adicional a la nueva irritación de su antipatía latente hacia el señor Casaubon. Era demasiado intolerable que Dorothea estuviera adorando a ese esposo: tal debilidad en una mujer no le agrada a ningún hombre salvo al esposo en cuestión. Los mortales caen fácilmente en la tentación de apagarle la vida a la zumbante gloria del prójimo, y piensan que semejante asesinato no es un crimen.
—No, ciertamente —respondió él sin vacilar.
—Y por eso es una lástima que se desperdicie, como ocurre con tanta erudición inglesa, por falta de saber lo que está haciendo el resto del mundo. Si el señor Casaubon leyera alemán, se ahorraría una gran cantidad de problemas.
—No la comprendo —dijo Dorothea, desconcertada y ansiosa.
—Solo quiero decir —dijo Will, de manera displicente—, que los alemanes han tomado la delantera en las investigaciones históricas, y se ríen de los resultados que se obtienen andando a tanteo por los bosques con una brújula de bolsillo mientras ellos han construido buenos caminos. Cuando estaba con el señor Casaubon vi que se hacía el sordo en esa dirección: le costaba casi un esfuerzo leer un tratado en latín escrito por un alemán. Lo sentí mucho.
Will solo pensó en darle un buen pellizco que aniquilara esa jactanciosa laboriosidad, y fue incapaz de imaginar el modo en que Dorothea resultaría herida. El joven señor Ladislaw no era en absoluto un gran experto en escritores alemanes; pero se requiere muy poco talento para compadecer las deficiencias de otro hombre.