Ella era naturalmente el centro de muchas observaciones aquella noche, pues la cena era numerosa y, en lo que respecta a la concurrencia masculina, algo más heterogénea que cualquiera de las celebradas en la Grange desde que las sobrinas del señor Brooke vivían con él, de modo que la conversación se desarrollaba en dúos y tríos más o menos desarmoniosos.
Allí estaba el recién elegido alcalde de Middlemarch, que casualmente era fabricante; el banquero filántropo, su cuñado, que tenía tanta influencia en el pueblo que algunos lo llamaban metodista y otros hipócrita, según los recursos de su vocabulario; y también había varios profesionales.
De hecho, la señora Cadwallader dijo que Brooke empezaba a hacer concesiones a los de Middlemarch, y que ella prefería a los granjeros de la cena del diezmo, que bebían a su salud sin pretensiones y no se avergonzaban de los muebles de sus abuelos.
Porque en aquella parte del país, antes de que la reforma cumpliera su notable papel en el desarrollo de la conciencia política, existía una distinción de clases más clara y una distinción de partidos más difusa; de modo que las invitaciones heterogéneas del señor Brooke parecían formar parte de esa laxitud general derivada de sus viajes inmoderados y de su costumbre de asimilar demasiadas ideas.
Ya, al salir la señorita Brooke del comedor, se encontró la oportunidad para algunos «aparte» exclamatorios.
—¡Una mujer excelente, la señorita Brooke! ¡Una mujer extraordinariamente excelente, por Dios! —dijo el señor Standish, el viejo abogado, que llevaba tanto tiempo relacionado con la pequeña nobleza terrateniente que él mismo había acabado por volverse terrateniente, y utilizaba aquel juramento con voz profunda a modo de blasón heráldico, sellando el discurso de un hombre que ocupaba una buena posición.