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nydus/MiddlemarchPublic
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LI

alzado su propia efigie: chaleco color ante, monóculo y fisonomía neutra, pintados sobre trapo; y había surgido, aparentemente en el aire, como el canto del cuco, un eco loruno, con la voz de Punch, de sus propias palabras. Todo el mundo miró hacia las ventanas abiertas de las casas situadas en los ángulos opuestos de las calles convergentes; pero o bien estaban vacías, o bien las ocupaban oyentes risueños. El eco más inocente encierra una burla traviesa cuando sigue a un orador grave y persistente, y este eco no tenía nada de inocente; si bien no seguía con la precisión de un eco natural, elegía con malicia las palabras que alcanzaba. Para cuando dijo: «El Báltico, ahora», la risa que había ido recorriendo al público se convirtió en un grito general, y de no ser por los efectos aleccionadores del partido y de esa gran causa pública que el enredo de las cosas había identificado con «Brooke de Tipton», la risa podría haberse contagiado a su comité. El señor Bulstrode preguntó, con reproche, qué estaba haciendo la nueva policía; pero a una voz no se le podía echar mano fácilmente, y un ataque a la efigie del candidato habría sido demasiado equívoco, ya que Hawley probablemente pretendía que la apedrearan.

El propio señor Brooke no estaba en condiciones de percibir con rapidez otra cosa que no fuera un desvanecimiento general de las ideas en su interior: incluso sentía un leve zumbido en los oídos, y él era la única persona que aún no había tomado clara conciencia del eco ni discernido su propia imagen.

Pocas cosas aprisionan con tanta firmeza las percepciones como la ansiedad por lo que tenemos que decir.

El señor Brooke oyó las risas; pero había estado esperando algunos conatos de sabotaje por parte de los tories, y en ese momento se encontraba además excitado por la sensación cosquilleante y punzante de que su perdido exordio estaba regresando para buscarlo desde el Báltico.

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