—¿Qué, las tierras de los Hospitalarios? —dijo la señora Waule de nuevo—. Oh, señor Trumbull, nunca querrá usted decir semejante cosa. Sería ir en contra de la voluntad del Todopoderoso, que lo ha hecho prosperar.
Mientras la señora Waule hablaba, el señor Borthrop Trumbull se alejó de la chimenea hacia la ventana, recorriendo con el dedo índice el interior de su corbata de cuello, luego sus patillas y las curvas de su cabello. Ahora caminó hacia la mesa de labor de la señorita Garth, abrió un libro que había allí y leyó el título en voz alta con énfasis pomposo, como si lo estuviera ofreciendo a la venta:
«Anne of Geierstein (pronúnciese Yerstin) o la doncella de la niebla, por el autor de Waverley». Luego, pasando la página, comenzó con voz resonante: «Han transcurrido casi cuatro siglos desde que tuvieron lugar en el continente los acontecimientos que se relatan en los capítulos siguientes». Pronunció esta última palabra, verdaderamente admirable, acentuando la última sílaba, no por ignorar el uso vulgar, sino sintiendo realzada con esa novedosa dicción la resonante belleza que su lectura confería a todo el conjunto.
Y ahora entró el criado con la bandeja, de modo que los momentos para responder a la pregunta de la señora Waule habían pasado sin peligro, mientras ella y Solomon, observando los movimientos del señor Trumbull, pensaban que la mucha instrucción interfería tristemente con los asuntos serios.
El señor Borthrop Trumbull en realidad no sabía nada sobre el testamento del viejo Featherstone; pero difícilmente se le habría podido llevar a declarar su ignorancia a menos que lo hubieran arrestado por encubrimiento de traición.