El señor Casaubon era también el centro de su propio mundo; y si era propenso a pensar que los demás habían sido hechos por la providencia para él, y en especial a considerarlos a la luz de su idoneidad para el autor de una Clave de todas las mitologías, este rasgo no nos es del todo ajeno y, al igual que las otras esperanzas mendicantes de los mortales, reclama algo de nuestra compasión.
Ciertamente, este asunto de su matrimonio con la señorita Brooke le afectaba de manera más directa que a cualquiera de las personas que hasta ahora habían mostrado su desaprobación hacia él, y en el estado actual de las cosas me siento más inclinado a comprender su experiencia de éxito que la desilusión del amable Sir James.
Pues, a decir verdad, a medida que se acercaba el día fijado para su boda, el señor Casaubon no notaba que su ánimo se elevara; ni la contemplación de aquella escena de jardín matrimonial donde, según indicaba toda experiencia, el sendero iba a estar bordeado de flores, le resultaba persistentemente más encantadora que las bóvedas habituales donde caminaba cirio en mano.
No se confesaba a sí mismo, y mucho menos se lo habría susurrado a otro, su sorpresa de que, aunque había conquistado a una muchacha encantadora y de noble corazón, no había conquistado el deleite —que también había considerado un objeto al que se llega mediante la búsqueda—. Es verdad que conocía todos los pasajes clásicos que daban a entender lo contrario; pero conocer pasajes clásicos, como descubrimos, es una forma de movimiento, lo cual explica que dejen tan poca fuerza adicional para su aplicación personal.
El pobre señor Casaubon se había imaginado que su larga y estudiosa soltería le había acumulado un interés compuesto de deleite, y que los grandes giros a cuenta de sus afectos no dejarían de ser pagados; pues