Pero este mismo hecho de su indulgencia excepcional hacia él hacía que fuera más difícil para Fred el tener que caer inevitablemente en su opinión. Y las circunstancias de su visita resultaron ser aún más desagradables de lo que había esperado; pues Caleb Garth había salido temprano a supervisar unas reparaciones no muy lejanas. La señora Garth, a ciertas horas, estaba siempre en la cocina, y aquella mañana desempeñaba varias ocupaciones a la vez allí: hacía sus pasteles en la mesa de pino bien fregada a un lado de aquella habitación ventilada, observaba los movimientos de Sally junto al horno y la tina de amasar a través de una puerta abierta, y le daba lecciones a su hijo y a su hija menores, que estaban de pie frente a ella en la mesa con sus libros y pizarras delante. Una tina y un tendedero en el otro extremo de la cocina indicaban que también se estaba llevando a cabo un lavado intermitente de ropa pequeña.
La señora Garth, con las mangas remangadas por encima de los codos, manejando con destreza la masa —pasando el rodillo y haciendo repulgues ornamentales, mientras exponía con fervor gramatical cuáles eran las opiniones correctas sobre la concordancia de los verbos y pronombres con los «sustantivos colectivos o que significan pluralidad»—, era un espectáculo gratamente divertido.
Era del mismo tipo de cabello rizado y rostro cuadrado que Mary, pero más hermosa, con mayor delicadeza en las facciones, tez pálida, una sólida figura maternal y una firmeza de mirada notable. Con su cofia de volantes nevados, recordaba a aquella encantadora francesa a la que todos hemos visto haciendo la compra, con la cesta del brazo.
Al mirar a la madre, uno podía albergar la esperanza de que la hija llegara a ser como ella, lo cual es una ventaja de futuro equivalente a una dote; pues demasiadas veces la madre se halla tras la hija como una profecía maligna: «Tal como soy yo, pronto será ella».