Negli occhi porta la mia donna Amore; Per che si fa gentil ciò ch’ella mira: Ov’ella passa, ogni uom ver lei si gira, E cui saluta fa tremar lo core.
Sicchè, bassando il viso, tutto smore, E d’ogni suo difetto allor sospira: Fuggon dinanzi a lei Superbia ed Ira: Aiutatemi, donne, a farle onore.
Ogni dolcezza, ogni pensiero umile Nasce nel core a chi parlar la sente; Ond’è beato chi prima la vide.
Quel ch’ella par quand’ un poco sorride, Non si può dicer, nè tener a mente, Si è nuovo miracolo gentile.
Por aquella encantadora mañana en que las almiaras de Stone Court perfumaban el aire con total imparcialidad, como si el señor Raffles hubiera sido un huésped digno del más fino incienso, Dorothea había vuelto a instalarse en Lowick Manor. Al cabo de tres meses, Freshitt se le había vuelto bastante opresivo: sentarse como una modelo para santa Catalina mirando arrobada al bebé de Celia no servía para muchas horas del día, y permanecer en presencia de tan trascendental criatura con persistente indiferencia era una actitud que no se le habría tolerado a una hermana sin hijos. Dorothea habría sido capaz de cargar al nene alegremente durante una milla de haberlo necesitado, y de amarlo con más ternura aún por ese esfuerzo; pero para una tía que no reconoce a su sobrino infante como a Buda, y que no tiene otra cosa que hacer por él que admirarlo, su comportamiento tiende a parecer monótono, y el interés de observarlo, agotable.