—¿Es eso verdad? —dijo Dorothea, volviendo sus ojos sinceros hacia Naumann, quien hizo una ligera mueca y dijo—:
“Oh, no habla en serio con lo de la pintura. Su fuerte deben ser las bellas letras. Eso es muy an-cho”.
La pronunciación de la vocal por parte de Naumann pareció estirar la palabra satíricamente. A Will no le hizo ninguna gracia, pero se las arregló para reír; y el señor Casaubon, aunque sintió cierto rechazo ante el acento alemán del artista, empezó a albergar un poco de respeto por su prudente severidad.
El respeto no disminuyó cuando Naumann, después de apartar a Will un momento para mirar, primero un gran lienzo, y luego al señor Casaubon, volvió a avanzar y dijo:
“Mi amigo Ladislaw cree que usted me perdonará, señor, si le digo que un boceto de su cabeza sería invaluable para mí con el fin de hacer el Santo Tomás de Aquino en mi cuadro de allí. Es mucho pedir; pero rara vez encuentro justo lo que quiero: lo idealista en lo real”.
—Me sorprende usted enormemente, caballero —dijo el señor Casaubon, con el rostro iluminado por un destello de satisfacción—; pero si mi pobre fisonomía, que he estado acostumbrado a considerar de la más común índole, puede serle de alguna utilidad para proporcionarle algunos rasgos para el doctor angélico, me sentiré honrado. Es decir, si la operación no ha de ser prolongada; y si la señora Casaubon no se opone a la demora.
En cuanto a Dorothea, nada podría haberla complacido más, a no ser que hubiera sido una voz milagrosa que proclamara al señor Casaubon como el más sabio y digno entre los hijos de los hombres. En ese caso, su fe tambaleante se habría vuelto firme de nuevo.