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nydus/MiddlemarchPublic
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XLV

Mucho más de un año atrás, antes de que se supiera nada de la habilidad de Lydgate, las opiniones al respecto habían estado naturalmente divididas, según un sentido de la probabilidad, ubicado tal vez en la boca del estómago o en la glándula pineal, y con veredictos divergentes, pero no por ello menos valioso como guía ante la total carencia de pruebas.

Los pacientes que padecían enfermedades crónicas o cuyas vidas se habían desgastado con los años, como la del viejo Featherstone, se habían sentido inclinados de inmediato a probar con él; asimismo, muchos a los que no les gustaba pagar las cuentas de su médico, veían con buenos ojos abrir una cuenta con un doctor nuevo y llamarlo sin cortapisas si a los niños les hacía falta una dosis de jarabe por mal humor, ocasiones en las que los antiguos profesionales solían ponerse arhos; y todas las personas así dispuestas a emplear a Lydgate consideraban probable que fuera inteligente.

Algunos pensaban que podría hacer más que otros «cuando el problema estaba en el hígado»; al menos no habría daño en conseguirle unos cuantos frascos de «pócima», ya que, si estos resultaban inútiles, aún sería posible volver a las Pastillas Purificadoras, que a uno lo mantenían con vida aunque no le quitaran la palidez.

Pero esta era gente de menor importancia. Las buenas familias de Middlemarch, por supuesto, no iban a cambiar de médico sin una razón justificada; y todo el mundo que había empleado al señor Peacock no se sentía obligado a aceptar a un hombre nuevo meramente en su calidad de sucesor, argumentando que «no era probable que estuviera a la altura de Peacock».

Pero Lydgate no llevaba mucho tiempo en el pueblo cuando ya se habían divulgado suficientes detalles sobre él como para engendrar expectativas mucho más específicas y exacerbar las diferencias hasta convertirlas en toma de partido; siendo algunos de esos detalles de ese orden

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