Tras tanto regatear, Bambridge dejó caer en el transcurso de la noche, cuando el granjero estaba ausente, que había visto caballos peores venderse por ochenta libras. Por supuesto, se contradijo veinte veces, pero cuando uno sabe lo que es probable que sea verdad, puede poner a prueba las admisiones de un hombre. Y Fred no podía menos que estimar en algo su propio juicio sobre los caballos. El granjero se había detenido ante el respetable aunque asmático corcel de Fred el tiempo suficiente para demostrar que lo consideraba digno de estudio, y parecía probable que lo aceptaría, junto con veinticinco libras adicionales, como equivalente a Diamond. En ese caso Fred, tras desprenderse de su nuevo caballo por al menos ochenta libras, se metería cincuenta y cinco libras en el bolsillo con la operación, y dispondría de ciento treinta y cinco libras para hacer frente a la letra; de modo que el déficit que recaería temporalmente sobre el señor Garth sería, a lo sumo, de veinticinco libras.
Para cuando se apresuraba a ponerse la ropa por la mañana, veía con tanta claridad la importancia de no perder aquella rara oportunidad, que si Bambridge y Horrock lo hubieran desuadido ambos, no se habría dejado engañar con una interpretación directa de sus intenciones: habría comprendido que aquellos hábiles tahúres se traían entre manos algo más que el interés de un muchacho.
En lo tocante a caballos, la desconfianza era vuestra única pista. Pero el escepticismo, como sabemos, nunca puede aplicarse por completo, pues de otro modo la vida se detendría: en algo debemos creer y algo debemos hacer, y se llame como se llame ese algo, es virtualmente nuestro propio juicio, incluso cuando parece la más servil dependencia de los demás.
Fred creía en la excelencia de su trato, y aun antes de que la feria estuviera bien entrada, ya se había hecho con el tordo rodado, al precio de su viejo caballo y treinta libras adicionales —solo cinco libras más de las que esperaba dar.