alguna ocupación muy alejada de Lowick. Le había desagradado Will mientras le ayudaba, pero había empezado a disgustarle aún más ahora que Will había rechazado su ayuda. Así nos comportamos cuando albergamos algún recelo inquietante en nuestro carácter: si nuestros talentos son principalmente de los que excavan, es probable que nuestro primo libador de miel (al que tenemos razones de peso para poner objeciones) sienta un desprecio secreto por nosotros, y cualquiera que lo admire formula una crítica oblicua hacia nosotros. Como albergamos en el alma los escrúpulos de la rectitud, estamos por encima de la bajeza de hacerle daño; más bien respondemos a todas sus demandas con beneficios activos; y la emisión de cheques a su favor, al ser una superioridad que él debe reconocer, añade una infusión más suave a nuestra amargura. Ahora bien, el señor Casaubon se había visto privado de esa superioridad (como algo más que un mero recuerdo) de un modo repentino y caprichoso. Su antipatía hacia Will no nacía de los celos comunes de un marido ajado por el invierno: era algo más profundo, engendrado por sus exigencias e insatisfacciones de toda la vida; pero Dorothea, ahora que estaba presente —Dorothea, como una esposa joven que ella misma había mostrado una ofensiva capacidad de crítica—, necesariamente concentró la inquietud que antes había sido vaga.
Will Ladislaw por su parte sentía que su aversión florecía a expensas de su gratitud, y dedicaba muchos soliloquios a justificar dicha aversión. Casaubon lo aborrecía —lo sabía muy bien—; en cuanto entraba, alcanzaba a distinguir una amargura en la boca y un veneno en la mirada que casi habrían justificado declararle la guerra a pesar de los favores pasados. Estaba muy agradecido con Casaubon por el pasado, pero, en verdad, el acto de casarse con esta esposa compensaba la obligación. Era cuestionable si la gratitud referida a lo que se hace por uno mismo no