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nydus/MiddlemarchPublic
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Capítulo XXXIV

de las advertencias y las prescripciones, y tras dar la bienvenida cortésmente a la señora Cadwallader, se había escurridos otra vez a la biblioteca para rumiar un bolo de eruditos errores acerca de Cus y Mizraim.

Pero para sus visitantes, Dorothea bien habría podido estar encerrada en la biblioteca, y no habría presenciado esta escena del funeral del viejo Featherstone que, por muy ajena que pareciera al curso de su vida, le acudía siempre a la memoria al contacto de ciertos puntos sensibles de esta, del mismo modo que la visión de San Pedro de Roma se entrelazaba con sus estados de ánimo de desaliento.

Las escenas que producen cambios vitales en la suerte de nuestros prójimos no son más que el fondo de la nuestra; sin embargo, al igual que un aspecto particular de los campos y los árboles, llegan a asociarse para nosotros con las épocas de nuestra propia historia y forman parte de esa unidad que radica en la selección de nuestra conciencia más aguda.

La asociación onírica de algo ajeno y mal comprendido con los secretos más hondos de su experiencia parecía reflejar esa sensación de soledad debida al fervor mismo de la naturaleza de Dorothea.

La pequeña nobleza rural de otros tiempos vivía en un aire social enrarecido: dispersas y aisladas en sus puestos en lo alto de la montaña, contemplaban con imperfecta distinción las franjas de vida más espesa que había abajo.

Y Dorothea no se sentía a gusto en la perspectiva y la frialdad de aquella altura.

—No quiero mirar más —dijo Celia, después de que el tren hubo entrado en la iglesia, colocándose un poco detrás del codo de su marido para poder rozarle furtivamente la capa con la mejilla—. Supongo que a Dodo le gusta: le encantan las cosas melancólicas y la gente fea.

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