bajarlos. Pero abrió el volumen que tomó primero del estante: no sabe uno cómo, uno tiende a leer en una postura improvisada, justo donde podría parecer inconveniente hacerlo. La página por la que abrió estaba bajo el encabezado de Anatomía, y el primer pasaje que atrajo sus ojos trataba sobre las válvulas del corazón. Él no estaba muy familiarizado con las válvulas de ninguna especie, pero sabía que valvae eran puertas de dos hojas, y a través de esta rendija brotó una luz repentina que lo sobresaltó con su primera noción vívida de un mecanismo finamente ajustado en el cuerpo humano.
Una educación liberal le había dejado, por supuesto, en libertad de leer los pasajes indecentes en los clásicos escolares, pero más allá de un sentimiento general de secretismo y obscenidad en relación con su estructura interna, había dejado su imaginación totalmente imparcial, de modo que, por lo que sabía, su cerebro yacía en pequeñas bolsas en sus sienes, y no tenía más idea de representarse cómo circulaba su sangre que de cómo el papel servía en lugar de oro.
Pero el momento de la vocación había llegado, y antes de levantarse de su silla, el mundo se le renovó por el presentimiento de procesos infinitos que llenaban los vastos espacios ocultos a su vista por esa ignorancia llena de palabras que él había supuesto que era conocimiento. Desde aquella hora Lydgate sintió el crecimiento de una pasión intelectual.
No tenemos miedo de contar una y otra vez cómo un hombre llega a enamorarse de una mujer y a unirse a ella en matrimonio, o bien a separarse fatalmente de ella. ¿Se debe a un exceso de poesía o de estupidez que nunca nos cansemos de describir lo que el rey Jacobo llamó el «cuerpo y la hermosura» de una mujer, que nunca nos cansemos de escuchar el tañido de las viejas cuerdas de los trovadores, y que nos muestremos comparativamente desinteresados por esa otra clase de «cuerpo y hermosura» que debe ser