Todo lo que en la mujer se adora en tu bello ser lo hallo, pues todo el sexo solo atesora lo amable y lo gallardo.
La cuestión de si debía nombrarse al señor Tyke capellán remunerado del hospital era un tema apasionante para los habitantes de Middlemarch; y Lydgate oyó cómo se discutía de un modo que arrojaba mucha luz sobre el poder que el señor Bulstrode ejercía en la ciudad.
El banquero era claramente un gobernante, pero había un partido de la oposición, e incluso entre sus partidarios había algunos que dejaban ver que su apoyo era un compromiso, y que declaraban con franqueza su impresión de que el orden general de las cosas, y especialmente los riesgos del comercio, exigían encenderle una vela al diablo.
El poder del señor Bulstrode no se debía simplemente a que era un banquero de provincia, que conocía los secretos financieros de la mayoría de los comerciantes de la ciudad y podía tocar los resortes de su crédito; estaba fortificado por una beneficencia que era a la vez pronta y severa: pronta para conferir obligaciones y severa al vigilar el resultado. Había acumulado, como hombre industrioso siempre en su puesto, una parte principal en la administración de las obras benéficas de la ciudad, y sus actos de caridad privada eran tanto minuciosos como abundantes. Se tomaba muchísimas molestias para colocar como aprendiz al hijo de Tegg el zapatero, y velaba por la asistencia de Tegg a la iglesia; defendía a la señora Strype, la lavandera, contra la injusta exacción de Stubbs a cuenta de su tendedero, y él mismo escrutaba cualquier calumnia contra la señora Strype. Sus pequeños préstamos privados eran numerosos, pero investigaba estrictamente las circunstancias tanto antes como después.
De este modo, un hombre reúne un dominio en la esperanza y el temor de sus vecinos, así como en su gratitud; y el poder, una vez que ha