pensamientos ocultos, tal vez pervirtiendo todo lo que ella decía y hacía. Luego, de nuevo, fue consciente de otro cambio que también la hacía temblar; fue un repentino y extraño anhelo en su corazón hacia Will Ladislaw. Jamás se le había pasado por la cabeza que él pudiera, bajo ninguna circunstancia, ser su amante: imagínese el efecto de la súbita revelación de que otra persona había pensado en él bajo esa luz—de que tal vez él mismo hubiera sido consciente de semejante posibilidad— y esto con la vertiginosa y atestada visión de circunstancias inadecuadas, y cuestiones que no tardarían en resolverse.
Pareció pasar mucho tiempo —no sabía cuánto— antes de que oyera a Celia decir: «Ya está bien, enfermera; ahora estará tranquilo en mi regazo. Puede ir a almorzar y dejar que Garratt se quede en la habitación de al lado. Lo que yo pienso, Dodo —continuó Celia, sin reparar en nada más que en que Dorothea estaba reclinada en su sillón y parecía dispuesta a la pasividad—, es que el señor Casaubon fue rencoroso. Nunca me gustó, y a James tampoco. Creo que las comisuras de su boca eran terriblemente rencorosas. Y ahora que se ha portado de este modo, estoy segura de que la religión no le exige que se amargue la vida por su culpa. Si se lo han llevado, es una gracia, y debería estar agradecida. No debemos afligirnos, ¿verdad, nene? —le dijo Celia confidencialmente a aquel centro inconsciente y punto de equilibrio del mundo, que tenía los puños más extraordinarios, completos hasta en las uñas, y pelo suficiente, de verdad, al quitarle el gorro, como para hacer... vete a saber qué—: en resumen, era un Buda en forma occidental.
En esta crisis anunciaron a Lydgate, y una de las primeras cosas que dijo fue: «Me temo que no está tan bien como estaba, señora Casaubon; ¿ha estado agitada? permítame tomarle el pulso». La mano de Dorothea tenía la fría temperatura del mármol.
—Quiere ir a Lowick para revisar unos papeles —dijo Celia—. No debería, ¿verdad?