de una casta muy necesitada de mestizaje. Permanecía en un lugar visible no lejos del subastador, con un dedo índice en cada bolsillo lateral y la cabeza echada hacia atrás, sin importarle hablar con nadie, aunque había sido cordialmente recibido como un connoisseur por el señor Trumbull, que estaba disfrutando de la máxima actividad de sus grandes facultades.
Y ciertamente, entre todos los hombres cuya vocación les exige mostrar sus dotes oratorias, el más feliz es el próspero subastador de provincias, vivamente divertido con sus propios chistes y consciente de su enciclopédico saber.
Algunas personas saturninas y de sangre agria podrían poner objeciones a tener que ensalzar constantemente los méritos de cualquier artículo, desde sacabotas hasta «Berghems»; pero el señor Borthrop Trumbull tenía un fluido benévolo en las venas; era un admirador por naturaleza y le habría gustado poner el universo bajo su martillo, con la certeza de que alcanzaría un precio más alto gracias a su recomendación.