Era hora de vestirse. Había una comida ese día, la última de las celebraciones que se realizaban en la Grange como preparativos adecuados para la boda, y Dorothea se alegró de tener un motivo para retirarse de inmediato al oír la campana, como si necesitara más tiempo del habitual para arreglarse.
Le avergonzaba estar irritada por algún motivo que no lograba definir ni ante sí misma; pues, aunque no tenía la intención de faltar a la verdad, su respuesta no había tocado la verdadera herida que llevaba dentro. Las palabras del señor Casaubon habían sido de lo más sensatas, pero le habían infundido una vaga e instantánea sensación de distanciamiento por parte de él.
—Sin duda me encuentro en un estado mental extrañamente egoísta y débil —se dijo a sí misma—. ¿Cómo puedo tener un esposo que está tan por encima de mí sin darme cuenta de que él me necesita menos de lo que yo lo necesito a él?
Habiéndose convencido de que el señor Casaubon tenía toda la razón, recuperó la ecuanimidad y ofrecía una imagen grata de serena dignidad cuando entró en el salón con su vestido gris plateado; las sencillas líneas de su cabello castaño oscuro, peinado con raya al medio en la frente y recogido en un moño macizo atrás, armonizaban con la total ausencia en sus modales y su expresión de cualquier búsqueda de mero efecto.
A veces, cuando Dorothea estaba en compañía, parecía irradiar un aire de sosiego tan completo como si hubiera sido un cuadro de Santa Bárbara mirando desde su torre hacia el aire limpio; pero estos intervalos de quietud hacían que la energía de su discurso y de su emoción resultaran más notables cuando algún estímulo exterior la conmovía.