ellos como un arroyuelo murmurante con los besos del sol sobre su curso. Rosamond pensaba que nadie podía estar más enamorada que ella; y Lydgate pensaba que, después de todos sus alocados errores y su absurda credulidad, había encontrado la feminidad perfecta: sentía como si ya lo exhalara un exquisito afecto conyugal como el que otorgaría una criatura consumada que veneraba sus elevadas reflexiones y sus trascendentales labores, y que jamás interferiría en ellas; que crearía orden en el hogar y en las cuentas con silenciosa magia, manteniendo sin embargo los dedos listos para tocar el laúd y transformar la vida en romance en cualquier momento; que estaba instruida hasta el verdadero límite femenino y ni un pelo más allá; dócil, por tanto, y dispuesta a cumplir las órdenes que procedían de ese límite. Ahora estaba más claro que nunca que su idea de seguir siendo soltero mucho más tiempo había sido un error: el matrimonio no sería un obstáculo sino un impulso. Y al día siguiente, dándose la casualidad de que acompañaba a un paciente a Brassing, vio allí una vajilla que le pareció tan exactamente la adecuada que la compró de inmediato. Ahorraba tiempo hacer esas cosas justo en el momento en que se te ocurrían, y Lydgate odiaba la loza fea. La vajilla en cuestión era cara, pero eso debía de ser propio de las vajillas. Amueblar era necesariamente caro; pero, en fin, solo había que hacerlo una vez.
“Debe de ser precioso —dijo la señora Vincy, cuando Lydgate mencionó su compra añadiendo algunos detalles descriptivos—. Justo lo que le convendría a Rosy. ¡Cielo santo, ruego que no se rompa!”.
—Hay que contratar sirvientes que no rompan las cosas —dijo Lydgate.
(Ciertamente, esto era razonar con una visión imperfecta de las secuencias. Pero en aquel período no había ningún tipo de razonamiento que no estuviera más o menos sancionado por los hombres de ciencia.)