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nydus/MiddlemarchPublic
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LX

Las buenas frases son sin duda, y siempre lo han sido, muy loables.

Pocos días después⁠—ya era a finales de agosto⁠—se presentó una ocasión que causó cierta expectación en Middlemarch: el público, si así lo deseaba, iba a tener la ventaja de adquirir, bajo los distinguidos auspicios de M. Borthrop Trumbull, los muebles, libros y cuadros que cualquiera podía comprobar por los folletos informativos que eran de la mejor calidad en su género, pertenecientes a Edwin Larcher, Esq. Esta no era una de esas ventas que indican la depresión del comercio; por el contrario, se debía al gran éxito del señor Larcher en el negocio de transportes, el cual justificaba la compra de una mansión cerca de Riverston ya amueblada con gran estilo por un ilustre médico de un balneario⁠—amueblada de hecho con tales marcos llenos de costosas pinturas de carne en el comedor, que la señora Larcher estuvo nerviosa hasta que se tranquilizó al descubrir que los temas eran bíblicos. De ahí la magnífica oportunidad para los compradores que se señalaba adecuadamente en los folletos de M. Borthrop Trumbull, cuyo conocimiento de la historia del arte le permitía afirmar que los muebles del recibidor, que se venderían sin reserva, incluían una pieza de talla obra de un contemporáneo de Gibbons.

En el Middlemarch de aquellos tiempos, una gran almoneda se consideraba una especie de festividad. Había una mesa provista de los mejores fiambres, como en un funeral de categoría, y se ofrecían facilidades para ese generoso consumo de alegres copas que podía conducir a pujas generosas y alegres por artículos indeseables.

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