que construyó Juan». La señora Garth se vio obligada a intervenir, los demás niños se acercaron y la conversación a solas con Fred terminó. Él se marchó tan pronto como pudo, y la señora Garth solo pudo sugerir cierta retractación de su severidad al decirle «Que Dios te bendiga» cuando le
Tenía la desagradable conciencia de que había estado a punto de hablar como «una de las mujeres necias», contando primero y rogando silencio después. Pero no había rogado silencio, y para evitar la recriminación de Caleb, decidió culparse a sí misma y confesarle todo esa misma noche. Era curioso qué tribunal tan temible resultaba para ella el apacible Caleb, cada vez que lo constituía. Pero tenía la intención de señalarle que la revelación podía hacerle un gran bien a Fred Vincy.
Sin duda aquello le estaba afectando profundamente mientras caminaba hacia Lowick. La naturaleza alegre y esperanzada de Fred tal vez nunca había recibido un golpe tan duro como el de esta insinuación de que, de haber estado él fuera de medio, Mary habría podido hacer un matrimonio verdaderamente excelente. Además, le mortificaba haber sido lo que él llamaba un patán tan estúpido como para pedir aquella intervención al señor Farebrother. Pero no estaba en la naturaleza de un amante —no estaba en la de Fred— que la nueva inquietud suscitada respecto a los sentimientos de Mary no se antepusiera a cualquier otra cosa. A pesar de su confianza en la generosidad del señor Farebrother, a pesar de lo que Mary le había dicho, Fred no podía evitar sentir que tenía un rival: era una nueva conciencia, y se oponía a ella rotundamente, no estando en absoluto dispuesto a renunciar a Mary por su bien, sino dispuesto más bien a luchar por ella contra cualquier hombre del mundo. Pero la lucha con el señor Farebrother tenía que ser de carácter metafórico, lo cual le resultaba a Fred mucho más difícil que la puramente física.