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Final

Todo límite es un comienzo además de un final. ¿Quién puede dejar atrás vidas jóvenes tras haber hecho largo camino con ellas, y no desear saber qué fue de ellas en sus años posteriores?

Pues el fragmento de una vida, por muy típica que sea, no es la muestra de un tejido uniforme:

  • las promesas pueden no cumplirse, y a un comienzo fervoroso puede seguirle una decadencia;
  • las facultades latentes pueden encontrar su tan esperada oportunidad;
  • un error del pasado puede impulsar un gran redención.

El matrimonio, que ha sido el término de tantas narraciones, sigue siendo un gran comienzo, como lo fue para Adán y Eva, quienes pasaron su luna de miel en el Edén, pero tuvieron a su primer pequeño entre las espinas y los abrojos del desierto. Sigue siendo el comienzo de la epopeya del hogar: la conquista gradual o la pérdida irremediable de esa unión completa que hace de los años venideros un clímax, y de la vejez la cosecha de dulces recuerdos en común.

Algunos parten, como antiguos cruzados, con un glorioso equipamiento de esperanza y entusiasmo, y quedan quebrados por el camino, faltos de paciencia el uno con el otro y con el mundo.

Todos los que se han interesado por Fred Vincy y Mary Garth se alegrarán de saber que estos dos no sufrieron tal fracaso, sino que lograron una sólida felicidad mutua.

Fred sorprendió a sus vecinos de diversas maneras. Llegó a ser un agricultor teórico y práctico bastante distinguido en su parte del condado, y publicó una obra sobre el Cultivo de cosechas forrajeras y la economía de la alimentación del ganado, que le valió calurosas felicitaciones en las reuniones agrícolas.

En Middlemarch la admiración fue más reservada: la mayoría de la gente allí se inclinaba a creer que el mérito de la autoría de Fred se debía a su esposa, ya que nunca habían esperado que Fred Vincy escribiera sobre nabos y remolachas forrajeras.

Pero cuando Mary escribió un librito para sus chicos, titulado Historias de grandes hombres, extraídas de Plutarco, y logró que lo imprimiera y publicara la editorial Gripp & Co., de Middlemarch, todo el mundo en la ciudad estuvo dispuesto a atribuirle el mérito de esta obra a Fred, comentando que él había estado en la universidad, «donde se estudiaba a los antiguos», y que habría podido ser clérigo si se lo hubiese propuesto.

De este modo quedó claro que Middlemarch nunca se había dejado engañar, y que no había necesidad de alabar a nadie por escribir un libro, ya que eso siempre lo hacía otra persona.

Además, Fred se mantuvo firmemente constante. Algunos años después de su matrimonio le confesó a Mary que su felicidad se la debía en parte a Farebrother, quien le había dado un buen empujón en el momento oportuno.

No puedo afirmar que jamás volviera a dejarse engañar por su optimismo: el rendimiento de las cosechas o los beneficios de la venta de ganado solían quedar por debajo de sus cálculos; y siempre era propenso a creer que podía ganar dinero comprando un caballo que luego le salía malo⁠—aunque esto, observaba Mary, era por supuesto culpa del caballo, no del juicio de Fred.

Conservaba su afición por la equitación, pero rara vez se permitía un día de caza; y cuando lo hacía, llamaba la atención que aceptara que se burlaran de él por su cobardía ante los obstáculos, pues le parecía ver a Mary y a los muchachos sentados en la tranquera de cinco trancas, o asomando sus cabezas rizadas entre el seto y la zanja.

Había tres muchachos: a Mary no la disgustaba haber dado a luz únicamente a varones; y cuando Fred expresaba el deseo de tener una niña como ella, ella decía riendo: «eso sería una prueba demasiado dura para tu madre».

La señora Vincy, en sus últimos años y con el lustre mermado de sus tareas domésticas, encontraba gran consuelo al percibir que dos de los muchachos de Fred, al menos, eran auténticos Vincy y no se «parecían a los Garth».

Pero Mary se regocijaba en secreto de que el menor de los tres fuera muy parecido a lo que su padre debió de ser cuando llevaba chaqueta corta y demostraba una puntería maravillosa jugando a las canicas o tirando piedras para derribar las peras maduras.

Ben y Letty Garth, que eran tío y sobrina antes de entrar de lleno en la adolescencia, discutían mucho sobre si eran más deseables los sobrinos o las sobrinas; Ben sostenía que era evidente que las chicas servían para menos que los chicos, pues de otro modo no estarían siempre con faldas, lo cual demostraba lo poco para lo que estaban hechas; a lo que Letty, que argumentaba mucho a partir de los libros, replicaba enojada que Dios había hecho abrigos de pieles tanto para Adán como para Eva por igual⁠—asimismo se le ocurrió que en el Oriente los hombres también llevaban faldas. Pero este último argumento, al oscurecer la majestad del anterior, sobraba por completo, pues Ben respondió con desprecio: «¡Más pavos ellos!», y apeló de inmediato a su madre para saber si los chicos no eran mejores que las chicas. La señora Garth sentenció que ambos eran igual de traviesos, pero que los chicos eran indudablemente más fuertes, podían correr más deprisa y lanzar con mayor precisión a mayor distancia. Con esta sentencia oracular Ben quedó muy satisfecho, sin importarle la travesura; pero Letty se lo tomó a mal, ya que su sentimiento de superioridad era más fuerte que sus músculos.

Fred nunca llegó a ser rico; su optimismo no le había llevado a esperar eso; pero poco a poco ahorró lo suficiente como para convertirse en dueño de las existencias y los muebles de Stone Court, y el trabajo que el señor Garth puso en sus manos lo sacó holgadamente adelante en aquellos «malos tiempos» que siempre acompañan a los granjeros. Mary, en sus años de matrona, adquirió una figura tan maciza como la de su madre; pero, a diferencia de ella, les dio a los muchachos poca enseñanza formal, de modo que la señora Garth temía que jamás llegaran a dominar la gramática y la geografía. Sin embargo, demostraron estar bastante adelantados cuando fueron a la escuela; tal vez porque no les había gustado nada tanto como estar con su madre. Cuando Fred volvía a casa a caballo en las tardes de invierno, tenía de antemano la agradable visión del luminoso hogar en el salón revestido de madera, y sentía lástima por otros hombres que no podían tener a Mary por esposa; especialmente por el señor Farebrother. «Él era diez veces más digno de ti que yo», podía decirle ahora Fred con magnanimidad. «Claro que lo era», respondió Mary; «y por esa razón podía arreglarse mejor sin mí. Pero tú⁠—me estremezco al pensar en lo que habrías sido⁠—, ¡un vicario endeudado por el alquiler de caballos y pañuelos de muraza!».

Indagando, tal vez se descubriera que Fred y Mary aún habitan en Stone Court⁠—que las plantas trepadoras todavía arrojan la espuma de sus flores sobre el fino muro de piedra hacia el campo donde los nogales se alinean majestuosamente⁠— y que en los días soleados los dos amantes que primero se comprometieron con el anillo del paraguas pueden ser vistos con una placidez de cabellos blancos en la ventana abierta desde la cual Mary Garth, en los días del viejo Peter Featherstone, había recibido a menudo la orden de mirar hacia fuera para ver al señor Lydgate.

El cabello de Lydgate nunca se volvió blanco. Murió cuando solo tenía cincuenta años, dejando a su mujer y a sus hijos provistos gracias a un cuantioso seguro de vida. Había conseguido una excelente clientela, alternando, según la estación, entre Londres y un balneario continental; y había escrito un tratado sobre la gota, una enfermedad que cuenta con bastante dinero de su parte.

Muchos pacientes pudientes confiaban en su pericia, pero él siempre se consideró un fracasado: no había hecho lo que una vez se propuso. Sus conocidos lo consideraban envidiable por tener una esposa tan encantadora, y nada ocurrió para sacudir esa opinión.

Rosamond nunca volvió a cometer una segunda indiscreción comprometedora. Simplemente siguió siendo de temperamento apacible, inflexible en su juicio, dispuesta a amonestar a su marido y capaz de frustrarlo mediante estratagemas. Con el paso de los años él se opuso cada vez menos a ella, de lo cual Rosamond deducía que él había aprendido a valorar su opinión; por otra parte, ella tenía una convicción más firme de los talentos de él ahora que ganaba buenos ingresos y, en lugar de la jaula amenazada en Bride Street, le proporcionaba una llena de flores y dorados, digna del ave del paraíso que ella parecía.

En resumen, Lydgate era lo que se llama un hombre exitoso. Pero murió prematuramente de difteria, y Rosamond se casó después con un médico anciano y adinerado, que acogió con afecto a sus cuatro hijos. Ella hacía un papel muy vistoso con sus hijas, paseando en su carroza, y a menudo hablaba de su felicidad como «un premio» —no especificaba de qué, pero probablemente quería decir que era un premio por su paciencia con Tertius, cuyo carácter nunca llegó a ser impecable y, hasta el final, dejó escapar ocasionalmente alguna frase amarga que era más memorable que las muestras de arrepentimiento que él manifestaba—.

Una vez la llamó su albahaca; y cuando ella le pidió una explicación, le dijo que la albahaca era una planta que había florecido maravillosamente sobre los sesos de un hombre asesinado. Rosamond tenía una respuesta plácida pero contundente para tales comentarios. ¿Por qué la había elegido entonces? Era una lástima que no hubiera tomado a la señora Ladislaw, a quien siempre estaba alabando y poniendo por encima de ella. Y así la conversación terminaba con la ventaja del lado de Rosamond. Pero sería injusto no mencionar que ella jamás pronunció una palabra para devaluar a Dorothea, guardando en religioso recuerdo la generosidad que había acudido en su ayuda en la crisis más aguda de su vida.

Dorothea misma no tenía sueños de ser alabada por encima de otras mujeres, pues sentía que siempre había algo mejor que podría haber hecho, si tan solo hubiera sido mejor y hubiera sabido más.

Aun así, nunca se arrepintió de haber renunciado a su posición y su fortuna para casarse con Will Ladislaw, y para él habría sido la mayor de las deshonras, además de un dolor profundo, que ella se hubiera arrepentido. Estaban unidos el uno al otro por un amor más fuerte que cualquier impulso que pudiera haberlo empañado.

Ninguna vida habría sido posible para Dorothea que no estuviera llena de emoción, y ahora tenía además una vida llena de una actividad benéfica que no le exigía los penosos y dudosos esfuerzos de descubrir y trazar por sí misma. Will se convirtió en un hombre público entusiasta, que trabajaba con ahínco en aquellos tiempos en que las reformas se iniciaban con la joven esperanza de un bien inmediato que hoy en día se ha visto muy frenado, y que al fin logró ser elegido miembro del Parlamento por un electorado que le pagaba los gastos. A Dorothea no le habría podido gustar nada más, ya que existían injusticias, que su marido estuviera en el centro de la lucha contra ellas, y que ella pudiera brindarle su ayuda de esposa.

Muchos de los que la conocían consideraban una pena que una criatura tan sustancial y poco común hubiera quedado absorbida por la vida de otro, y fuera conocida solo en cierto círculo como esposa y madre. Pero nadie especificaba exactamente qué otra cosa que estuviera a su alcance habría debido hacer más bien; ni siquiera Sir James Chettam, quien no pasó de la prescripción negativa de que ella no debió haberse casado con Will Ladislaw.

Pero esta opinión suya no causó un distanciamiento duradero; y la forma en que la familia volvió a unirse fue característica de todos los implicados.

El señor Brooke no pudo resistir el placer de cartearse con Will y Dorothea; y una mañana, en que su pluma había estado inusualmente fluida sobre las perspectivas de la Reforma Municipal, se desvió hacia una invitación a The Grange que, una vez escrita, no podía anularse sin que costara la (difícilmente concebible) pérdida de toda aquella valiosa carta.

Durante los meses de esta correspondencia, el señor Brooke había dado por sentado o insinuado continuamente, en sus charlas con sir James Chettam, que la intención de romper la vinculación del mayorazgo seguía en pie; y el día en que su pluma hizo la atrevida invitación, fue a Freshitt expresamente para dar a entender que tenía una conciencia más firme que nunca de los motivos para dar ese paso enérgico como precaución contra cualquier mezcla de sangre plebeya en el heredero de los Brooke.

Pero aquella mañana había sucedido algo emocionante en la Hall. Había llegado una carta para Celia que la hizo llorar en silencio mientras la leía; y cuando Sir James, no acostumbrado a verla con lágrimas, le preguntó con ansiedad qué ocurría, ella prorrumpió en un lamento como él jamás le había oído antes.

“Dorothea tiene un niño pequeño. Y usted no me deja ir a verla. Y estoy segura de que ella quiere verme. Y no sabrá qué hacer con el bebé; hará las cosas mal con él. Y pensaron que se moriría. ¡Es muy terrible! ¡Imagínese que hubiera sido yo y el pequeño Arthur, y que a Dodo le hubieran impedido venir a verme! ¡Ojalá fuera usted menos cruel, James!”

—¡Por el amor de Dios, Celia! —dijo Sir James, muy conmovido—, ¿qué deseas? Haré cualquier cosa que te guste. Te llevaré a la ciudad mañana si lo deseas.

Y Celia sí lo deseaba.

Fue después de esto cuando llegó el señor Brooke, y encontrándose al Baroneto en los jardines, comenzó a charlar con él sin saber la noticia, la cual Sir James, por alguna razón, no tenía deseos de comunicarle de inmediato. Pero al tocarse el tema del mayorazgo de la manera habitual, este le dijo:

«Mi querido amigo, no me corresponde a mí dictarle lo que debe hacer, pero por mi parte yo dejaría eso en paz. Dejaría las cosas tal como están».

El señor Brooke sintió tanta sorpresa que no descubrió de inmediato cuánto le aliviaba la sensación de que no se esperaba que hiciera nada en particular.

Siendo tal la inclinación del corazón de Celia, era inevitable que Sir James consintiera en una reconciliación con Dorothea y su marido.

Donde las mujeres se quieren, los hombres aprenden a reprimir su antipatía mutua. A Sir James nunca le gustó Ladislaw, y a Will siempre le prefirió la compañía de Sir James combinada con la de otra clase: estaban en un pie de tolerancia recíproca que se hacía muy fácil únicamente cuando Dorothea y Celia estaban presentes.

Se entendió desde entonces que el señor y la señora Ladislaw harían al menos dos visitas al año a la Grange, y llegó a haber poco a poco una pequeña fila de primos en Freshitt que disfrutaban jugando con los dos primos que visitaban Tipton tanto como si la sangre de estos últimos se hubiera mezclado de un modo menos dudoso.

El señor Brooke llegó a una venerable ancianidad, y su propiedad fue heredada por el hijo de Dorothea, quien habría podido representar a Middlemarch, pero declinó hacerlo, pensando que sus opiniones tenían menos posibilidades de ser sofocadas si permanecía al aire libre.

Sir James nunca dejó de considerar el segundo matrimonio de Dorothea como un error; y de hecho esta siguió siendo la tradición al respecto en Middlemarch, donde se hablaba de ella ante una generación más joven como una muchacha excelente que se había casado con un clérigo enfermizo, lo suficientemente viejo como para ser su padre, y poco más de un año después de la muerte de este había renunciado a su hacienda para casarse con su primo, lo suficientemente joven como para haber sido su hijo, sin propiedades y de origen plebeyo.

Aquellos que no habían visto nada de Dorothea solían comentar que no debía de ser «una mujer agradable», pues de lo contrario no se habría casado ni con el uno ni con el otro.

Ciertamente, aquellos actos determinantes de su vida no fueron idealmente bellos. Fueron el resultado mixto de un impulso joven y noble que pugnaba en medio de las condiciones de un estado social imperfecto, en el cual los grandes sentimientos a menudo adoptarán la apariencia de error, y la gran fe, la apariencia de ilusión.

Pues no hay criatura cuyo ser interior sea tan fuerte que no esté grandemente determinado por aquello que le es ajeno. Una nueva Teresa difícilmente tendrá la oportunidad de reformar la vida conventual, como tampoco una nueva Antígona gastará su heroica piedad en arriesgarlo todo por dar sepultura a un hermano: el medio en el que sus ardientes actos cobraron forma ha desaparecido para siempre.

Pero nosotros, personas insignificantes con nuestras palabras y actos cotidianos, vamos preparando las vidas de muchas Dorotheas, algunas de las cuales tal vez presenten un sacrificio mucho más triste que el de aquella Dorothea cuya historia conocemos.

Su espíritu sutilmente inspirado aún tenía sus bellas manifestaciones, aunque no fueran ampliamente visibles.

Su naturaleza plena, como aquel río cuya fuerza quebrantó Ciro, se gastaba en cauces que no tenían un gran nombre sobre la tierra.

Pero el efecto de su ser en quienes la rodeaban era incalculablemente difusivo: pues el creciente bien del mundo depende en parte de actos no históricos; y que las cosas no vayan tan mal para ti y para mí como podrían haber ido se debe a medias a la cantidad de personas que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas no visitadas.

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