fuerces un simplón tan encantador, qué tentación sería esta para hacer de coqueta malvada y dejarte suponer que alguien además de ti me ha hecho el amor.
—¿De verdad me quieres más que a nadie, Mary? —dijo Fred, clavando en ella unos ojos llenos de afecto y tratando de tomarle la mano.
—No me gustas en absoluto en este momento —dijo Mary, retrocediendo y poniendo las manos a la espalda—. Solo dije que ningún mortal me ha hecho nunca la corte aparte de ti. Y eso no es prueba de que un hombre muy sabio vaya a hacerlo jamás —concluyó alegremente.
—Ojalá me dijeras que te es completamente imposible pensar en él —dijo Fred.
—No te atrevas a volver a mencionarme esto, Fred —dijo Mary, volviéndose seria de nuevo—. No sé si es más estúpido o mezquino por tu parte no ver que el señor Farebrother nos ha dejado solos a propósito para que habláramos con libertad. Me decepciona que estés tan ciego ante su delicado sentimiento.
No hubo tiempo para decir nada más antes de que el señor Farebrother volviera con el grabado; y Fred tuvo que regresar al salón conservando aún un temor celoso en el corazón, pero también con argumentos reconfortantes extraídos de las palabras y los modales de Mary. El resultado de la conversación fue, en conjunto, más doloroso para Mary: inevitablemente su atención había adoptado una nueva actitud y vislumbraba la posibilidad de nuevas interpretaciones. Se encontraba en una situación en la que le parecía estar desairando al señor Farebrother, y esto, en relación con un hombre muy honrado, siempre pone en peligro la firmeza de una mujer agradecida. Tener un motivo para marcharse a casa al día siguiente supuso un alivio, pues Mary deseaba fervientemente tener siempre la certeza de que quería