Aquella noche, por supuesto, Celia no sabía nada de lo ocurrido. Atribuyó el aire abstraído de Dorothea, y los indicios de que había seguido llorando desde que regresaron a casa, al humor en el que se encontraba por causa de sir James Chettam y las edificaciones, y fue prudente para no ofenderla más: una vez dicho lo que quería decir, Celia no tenía ninguna disposición a volver sobre temas desagradables.
De niña había sido su naturaleza no pelearse nunca con nadie —sino observar con asombro que los demás se peleaban con ella y parecían pavos reales—; tras lo cual estaba dispuesta a jugar al cordel con ellos tan pronto como se les pasaba. Y en cuanto a Dorothea, siempre había sido su costumbre encontrar algo erróneo en las palabras de su hermana, aunque Celia protestaba para sus adentros diciendo que ella siempre contaba las cosas tal como eran y nada más: nunca inventaba palabras de su propia cosecha ni podía hacerlo.
Pero lo mejor de Dodo era que no se enfadaba durante mucho tiempo seguido. Ahora, aunque apenas se habían dirigido la palabra en toda la noche, cuando Celia guardó su labor con la intención de irse a la cama, un trámite en el que siempre se adelantaba bastante, Dorothea, que estaba sentada en un escabel, incapaz de ocuparse de otra cosa que no fuera meditar, dijo con la entonación musical que en los momentos de emoción honda pero serena hacía que su voz pareciera un bello fragmento de recitativo—
—Celia, querida, ven a besarme —dijo, abriendo los brazos mientras hablaba.
Celia se arrodilló para ponerse a su altura y le dio su pequeño beso de mariposa, mientras Dorothea la rodeaba con sus brazos gentiles y presionaba sus labios con seriedad en cada mejilla por turno.