cuando estos no habían demostrado ser indignos de confianza; y tenía el concepto más alto de Fred, estaba «seguro de que el muchacho saldría adelante —un muchacho abierto y cariñoso, con buenos cimientos en su carácter—, uno podía fiarse de él para lo que fuera». Tal era el argumento psicológico de Caleb. Era uno de esos hombres raros que son estrictos consigo mismos e indulgentes con los demás. Sentía cierta vergüenza ante los errores de sus vecinos, y nunca hablaba de ellos de buen grado; por lo tanto, no era probable que apartara su mente del mejor modo de curar la madera y otros ingeniosos artificios para anticiparse a dichos errores. Si tenía que culpar a alguien, le era necesario remover todos los papeles a su alcance, o trazar varios diagramas con su bastón, o hacer cálculos con la suelta calderilla de su bolsillo antes de poder empezar; y prefería hacer el trabajo de otros antes que poner tacha en cómo lo hacían. Me temo que era un mal disciplinador.
Cuando Fred expuso las circunstancias de su deuda, su deseo de hacerle frente sin molestar a su padre y la seguridad de que el dinero llegaría a tiempo para no causar ningún inconveniente a nadie, Caleb se empujó las gafas hacia la frente, escuchó, miró a los claros y jóvenes ojos de su protegido y le creyó, sin distinguir la confianza en el futuro de la veracidad sobre el pasado; pero sintió que era el momento oportuno para un consejo amistoso sobre la conducta, y que antes de estampar su firma debía dar una amonestación bastante severa.
En consecuencia, tomó el papel y bajó las gafas, midió el espacio de que disponía, alcanzó su pluma y la examinó, la mojó en tinta y la examinó de nuevo, luego alejó un poco el papel de sí, volvió a levantarse las gafas, dejó ver una hondonada más profunda en el ángulo exterior de sus tupidas cejas, lo cual confería a su rostro una peculiar benignidad (perdonad estos detalles por esta vez; habríais llegado a amarlos si hubierais conocido a Caleb Garth), y dijo en tono sosegado: