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nydus/MiddlemarchPublic
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Table of Contents

XXVI

Él me pega y yo le insulto: ¡Oh, digno desquite! Ojalá fuera al revés⁠—que yo pudiera pegarle mientras él me insulta.

Pero Fred no fue a Stone Court al día siguiente, por razones de carácter perentorio.

De aquellas visitas a las insalubres calles de Houndsley en busca de Diamond, no solo había traído un mal negocio equino, sino la desgracia añadida de cierta dolencia que durante un día o dos le había parecido mera depresión y dolor de cabeza, pero que empeoró tanto al regresar de su visita a Stone Court que, al entrar en el comedor, se dejó caer en el sofá y, en respuesta a la anhelante pregunta de su madre, dijo: «Me siento muy mal: creo que debes mandar a buscar a Wrench».

Wrench vino, pero no apreció nada grave, habló de un «leve trastorno» y no mencionó la posibilidad de volver al día siguiente. Tenía en gran estima la casa de los Vincy, pero hasta los hombres más prudentes suelen embotarse por la rutina y, en las mañanas atareadas, a veces despachan sus asuntos con el entusiasmo del campanero diario. El señor Wrench era un hombre bajito, pulcro, bilioso y de peluca bien arreglada; tenía una clientela laboriosa, un temperamento irascible, una esposa linfática y siete hijos; y ya iba bastante tarde antes de emprender un trayecto de cuatro millas para encontrarse con el doctor Minchin al otro lado de Tipton, pues el fallecimiento de Hicks, un médico rural, había incrementado la práctica de Middlemarch en esa dirección. Los grandes estadistas yerran, ¿y por qué no los pequeños médicos? El señor Wrench no omitió el envío de los habituales paquetes blancos, que esta vez contenían remedios negros y drásticos. El efecto de estos no

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