apasionada entrega que aquel erudito caballero había puesto a sonar en su alma. De ahí que en las sucesivas visitas del buen baronet, mientras comenzaba a prestarle pequeñas atenciones a Celia, se encontrara conversando con cada vez más placer con Dorothea. Ella se mostraba ahora totalmente desinhibida y sin ningún resentimiento hacia él, y él iba descubriendo gradualmente el deleite que encierra la amable franqueza y la compañía entre un hombre y una mujer que no tienen ninguna pasión que ocultar o confesar.
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VIII
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