—Señor, soy su humilde servidor y le quedo muy agradecido —dijo el señor Mawmsey, sintiendo que la política empezaba a aclararse un poco—. Habría cierto gusto en votar a un caballero que habla de esa manera tan honorable.
—Bueno, ya sabe, señor Mawmsey, le convendría ponerse de nuestro lado. Esta Reforma acabará afectando a todo el mundo tarde o temprano; una medida de auténtica popularidad, una especie de A, B, C, ya sabe, que debe ir primero antes de que lo demás pueda seguir.
Estoy totalmente de acuerdo con usted en que hay que mirar el asunto desde un punto de vista familiar; pero el espíritu público, mire usted. Todos somos una sola familia, ya sabe; todo es la misma alacena. Un asunto como el de un voto, ahora: vaya, puede ayudar a hacer la fortuna de los hombres en el Cabo; no hay quien sepa cuál puede ser el efecto de un voto —concluyó el señor Brooke, con la sensación de estar un poco perdido en alta mar, aunque aún le resultaba divertido.
Pero el señor Mawmsey respondió en un tono de tajante freno.
—Le ruego me perdone, señor, pero no puedo permitirme eso. Cuando emito un voto debo saber lo que hago; debo mirar cuáles serán los efectos en mi caja y en mi libro de contabilidad, hablando con el debido respeto. Los precios, he de admitir, son algo cuyas virtudes nadie puede conocer; y las caídas repentinas después de haber comprado pasas, que son un género que no se conserva —yo nunca he llegado a comprender los entresijos de eso—, son un reproche para el orgullo humano. Pero en cuanto a una familia, existen el deudor y el acreedor, eso espero; no van a reformar eso hasta hacerlo desaparecer; de lo contrario, votaría por que las cosas se queden como están. Pocos hombres tienen menos necesidad de clamar por un cambio que yo, hablando personalmente —es decir, por mí y por mi familia—. No soy