La otra vedéis que ha hecho en la mejilla De su palma, suspirando, lecho.
Cuando Jorge cuarto aún reinaba en las intimidades de Windsor, cuando el duque de Wellington era primer ministro y el señor Vincy era alcalde de la antigua corporación en Middlemarch, la señora Casaubon, de soltera Dorothea Brooke, había hecho su viaje de bodas a Roma.
En aquellos días el mundo en general ignoraba el bien y el mal cuarenta años más que en la actualidad.
Los viajeros no solían llevar información completa sobre el arte cristiano ni en la cabeza ni en los bolsillos; y hasta el más brillante crítico inglés de la época confundió la tumba enrojecida por flores de la Virgen asunta con un jarrón ornamental fruto de la fantasía del pintor.
El romanticismo, que ha ayudado a llenar algunos vacíos aburridos con amor y conocimiento, aún no había penetrado los tiempos con su levadura ni entrado en la comida de todos; seguía fermentando como un entusiasmo vigoroso y distinguible en ciertos artistas alemanes de pelo largo en Roma, y la juventud de otras naciones que trabajaba o retozaba cerca de ellos a veces quedaba atrapada en el movimiento que se extendía.
Una buena mañana, un joven cuyo cabello no era desmedidamente largo, sino abundante y rizado, y que por lo demás era inglés en su atavío, acababa de dar la espalda al Torso de Belvedere en el Vaticano y contemplaba la magnífica vista de las montañas desde el vestibulo circular contiguo. Estaba lo suficientemente absorto como para no notar la aproximación de un alemán vivaz y de ojos oscuros que se le acercó y, poniéndole una