principio había imaginado que era: casi todo lo que había dicho parecía una muestra de una mina, o la inscripción en la puerta de un museo que pudiera abrir los tesoros de edades pasadas; y esta confianza en su riqueza mental era tanto más profunda y eficaz para su inclinación cuanto que ahora era obvio que sus visitas se hacían por causa de ella.
Este hombre consumado se dignaba pensar en una joven y tomarse la molestia de hablarle, no con absurdos halagos, sino apelando a su entendimiento y, a veces, con instructiva corrección.
¡Qué compañía tan deliciosa!
El señor Casaubon parecía incluso ignorar la existencia de las trivialidades, y jamás repartía esa cháchara de hombres pesados que es tan aceptable como un bizcocho de boda rancio sacado a relucir con olor a armario. Hablaba de aquello que le interesaba, o bien guardaba silencio y se inclinaba con triste gentileza.
Para Dorothea, aquello era una autenticidad adorable y una abstinencia religiosa de esa artificialidad que consume el alma en el esfuerzo de la pretensión. Pues ella contemplaba la elevación religiosa del señor Casaubon por encima de la suya con la misma reverencia con que miraba su intelecto y su erudición.
Él asentía a sus expresiones de sentimiento devoto, por lo general con una cita apropiada; se permitía decir que había atravesado algunos conflictos espirituales en su juventud; en resumen, Dorothea veía que allí podía contar con comprensión, simpatía y guía.
Sobre uno—uno solo—de sus temas favoritos se vio defraudada. Al parecer, al señor Casaubon no le importaba la construcción de casitas de campo y desvió la conversación hacia el alojamiento sumamente precario del que se disponía en las viviendas de los antiguos egipcios, como si quisiera frenar una exigencia demasiado elevada. Una vez que él se hubo