a las que su imaginación añadía una nueva gracia: la gente era tan ridícula con sus ilusiones, llevando sus gorros de necio sin darse cuenta, creyendo que sus propias mentiras eran opacas mientras que las de todos los demás eran transparentes, haciéndose excepciones a todo, como si cuando todo el mundo se veía amarillento bajo una lámpara ellos solos fueran rosados. Sin embargo, había algunas ilusiones ante los ojos de Mary que no le resultaban del todo cómicas. Estaba secretamente convencida, aunque no tenía más fundamento que su atenta observación de la naturaleza del viejo Featherstone, de que a pesar de su afición a tener a los Vincy a su alrededor, corrían tanto riesgo de llevarse una decepción como cualquiera de los parientes a los que mantenía a distancia. Sentía bastante desdén por la evidente alarma de la señora Vincy ante la posibilidad de que ella y Fred se quedaran a solas, pero eso no le impedía pensar con inquietud en la manera en que afectaría a Fred si resultaba que su tío lo había dejado tan pobre como siempre. Podía mofarse de Fred cuando estaba presente, pero no disfrutaba de sus locuras cuando estaba ausente.
Sin embargo, le gustaban sus pensamientos: una mente joven y enérgica, no desequilibrada por la pasión, encuentra un bien en familiarizarse con la vida y observa sus propias facultades con interés.
Mary tenía grandes dosis de alegría en su interior.
Su pensamiento no albergaba ninguna solemnidad ni patetismo respecto al anciano en la cama: tales sentimientos son más fáciles de fingir que de sentir hacia una criatura entrada en años cuya vida no es visiblemente otra cosa que un remanente de vicios. Siempre había visto el lado más desagradable del señor Featherstone: él no se sentía orgulloso de ella, y ella solo le servía de utilidad. Preocuparse