que había concebido. > Ella lo cuidaba, le leía, se anticipaba a sus deseos y se desvivía por sus sentimientos; pero en la mente del esposo se había instalado la certeza de que ella lo juzgaba, y de que su devoción conyugal era como una expiación penitencial de pensamientos incrédulos —acompañada de una capacidad de comparación mediante la cual él mismo y sus actos se veían con demasiada claridad como una parte de las cosas en general. Su descontento atravesaba como el vapor todas sus tiernas y amorosas manifestaciones, y se aferraba a aquel mundo insensible que ella no había
¡Pobre señor Casaubon! Este sufrimiento era más difícil de soportar porque parecía una traición: la joven criatura que lo había venerado con absoluta confianza se había convertido rápidamente en la esposa crítica; y los primeros conatos de crítica y resentimiento habían dejado una impresión que ninguna ternura y sumisión posteriores lograron borrar.
Para su suspicaz interpretación, el silencio de Dorothea era ahora una rebelión reprimida; un comentario de ella que él no había previsto en modo alguno constituía la afirmación de una supuesta superioridad; sus suaves respuestas encerraban una irritante cautela; y, cuando asentía, era mediante un esfuerzo de indulgencia aprobado por ella misma.
La tenacidad con la que se esforzaba por ocultar este drama interior lo hacía aún más vívido para él; del mismo modo que percibimos con mayor agudeza lo que deseamos que los demás no oigan.
En vez de extrañarme de este resultado de miseria en el señor Casaubon, lo encuentro de lo más ordinario. ¿Acaso una manchita muy cerca de nuestra visión no eclipsa la gloria del mundo y solo deja un margen mediante el cual vemos la mancha? No conozco mancha más fastidiosa que el ego. ¿Y quién, si el señor Casaubon hubiera optado por exponer