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nydus/MiddlemarchPublic
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XXXIII

Cierra sus ojos y corre la cortina; y vayámonos todos a meditar.

Aquella noche, pasada la medianoche, Mary Garth relevó la guardia en la habitación del señor Featherstone y se quedó allí sola durante la madrugada.

A menudo elegía esta tarea, en la que encontraba cierto placer, a pesar de la irascibilidad del anciano cada vez que le reclamaba atención. Había intervalos en los que podía sentarse con absoluta quietud, disfrutando de la quietud exterior y de la luz tenue. El fuego rojo, con su movimiento suavemente audible, parecía una existencia solemne, calmadamente independiente de las pequeñas pasiones, los deseos imbéciles, el afán por incertidumbres sin valor que a diario despertaban su desprecio.

A Mary le gustaba pensar por su cuenta y sabía divertirse sentada en la penumbra con las manos sobre el regazo; pues, como desde muy joven había tenido sobradas razones para creer que las cosas difícilmente se ordenarían para su particular satisfacción, no perdía el tiempo asombrándose ni indignándose ante ese hecho. Y ya había llegado a tomarse la vida muy a la manera de una comedia en la que tenía la orgullosa, qué digo, la generosa resolución de no representar un papel mezquino o traicionero.

Mary se habría vuelto cínica si no hubiera tenido unos padres a los que honraba y un manantial de afectuosa gratitud en su interior, que era tanto más pleno cuanto que había aprendido a no formular exigencias irrazonables.

Esta noche estaba sentada dando vueltas, como solía, a las escenas del día, con los labios curvados a menudo por la diversión ante las extravagancias

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