impresionante cuya significación está totalmente oculta, como una cifra estadística sin un término de comparación, pero con un signo de exclamación al final. Los pies cúbicos de oxígeno tragados anualmente por un hombre adulto: ¡qué escalofrío habrían podido provocar en ciertos círculos de Middlemarch! «¡Oxígeno! Nadie sabe lo que puede ser eso; ¿y aún hay quien se extraña de que el cólera haya llegado a Dánzig? ¡Y todavía hay gente que dice que la cuarentena no sirve para nada!».
Uno de los hechos que pronto se rumorearon fue que Lydgate no despachaba medicamentos.
Esto resultó ofensivo tanto para los médicos cuya distinción exclusiva parecía vulnerada, como para los cirujanos boticarios con quienes se equiparaba; y poco antes, habrían podido contar con la ley de su parte contra un hombre que, sin titularse doctor en medicina por Londres, se atrevía a pedir honorarios que no fuesen el cobro por los medicamentos.
Pero Lydgate no había tenido la experiencia suficiente para prever que su nuevo rumbo sería aún más ofensivo para los legos; y al señor Mawmsey, un importante tendero de Top Market, quien, aunque no era uno de sus pacientes, lo interrogó de manera afable sobre el asunto, tuvo la poca prudencia de darle una explicación popular y apresurada de sus motivos, señalándole al señor Mawmsey que debía rebajar el carácter de los profesionales y ser un perjuicio constante para el público el hecho de que su única manera de cobrar por su trabajo fuera extender largas facturas por pócimas, píldoras y mezclas.
—De ese modo, los médicos trabajadores pueden llegar a ser casi tan perjudiciales como los curanderos —dijo Lydgate, con bastante ligereza—. Para ganarse el pan tienen que recetarles sobredosis a los leales súbditos del rey; y esa es una mala clase de traición, señor Mawmsey: socava la constitución de un modo fatal.