—Mientras lo vea a usted llevar a cabo nobles propósitos con vigor, tendrá mi inquebrantable apoyo. Y confío humildemente en que la bendición que hasta ahora ha acompañado mis esfuerzos contra el espíritu del mal en este pueblo no nos será retirada. No tengo duda de conseguir directores adecuados para que me asistan. Mr. Brooke, de Tipton, ya me ha dado su conformidad y el compromiso de contribuir anualmente; no ha especificado la cantidad, probablemente no sea grande. Pero será un miembro útil de la
Un miembro útil era tal vez aquel que no proponía jamás nada y votaba siempre con el señor Bulstrode.
La aversión médica hacia Lydgate apenas se disimulaba ya.
Ni el doctor Sprague ni el doctor Minchin decían que les desagradara el saber de Lydgate, o su tendencia a mejorar los tratamientos: lo que les desagradaba era su arrogancia, cuya innegabilidad nadie se atrevía a refutar del todo.
Daban a entender que era insolente, pretencioso y proclive a esa innovación temeraria, dictada por el afán de ruido y ostentación, que constituía la esencia misma del charlatán.
La palabra charlatán, una vez lanzada al aire, no podía dejarse caer. Por entonces el mundo se agitaba con las maravillosas hazañas del señor St. John Long, «nobles y caballeros» dando fe de su extracción de un fluido semejante al mercurio de las sienes de un paciente.
El señor Toller le comentó un día, con una sonrisa, a la señora Taft, que «Bulstrode había encontrado un hombre a su medida en Lydgate; a un charlatán en religión seguro que le gustan otras clases de charlatanes».