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nydus/MiddlemarchPublic
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LVIII

último instante de ensoñación mientras oía a Dorothea decir: «Aconséjeme; piense qué puedo hacer; él se ha pasado toda la vida trabajando y mirando hacia el futuro. No le importa ninguna otra cosa, y a mí no me importa ninguna otra cosa».

Aquella voz de profunda femineidad había permanecido en su interior como habían permanecido los conceptos encendedores de un genio muerto y cetrífero (¿no hay acaso un genio para sentir noblemente que también reina sobre los espíritus humanos y sus conclusiones?); los tonos eran una música de la que se estaba alejando —en realidad había caído en una somnolencia momentánea—, cuando Rosamond dijo a su modo argénteo e indiferente: «Aquí tienes tu té, Tertius», colocándolo en la mesita a su lado, y luego regresó a su sitio sin mirarlo. Lydgate fue demasiado precipitado al atribuirle insensibilidad; a su manera, ella era bastante sensible y guardaba impresiones duraderas. Su impresión en ese momento fue de ofensa y repulsión. Pero claro, Rosamond no fruncía el ceño y jamás había alzado la voz: estaba plenamente convencida de que nadie podía reprocharle nada con justicia.

Tal vez Lydgate y ella nunca se habían sentido tan alejados el uno del otro; pero había razones poderosas para no aplazar su revelación, incluso si no la hubiera comenzado ya con aquel brusco anuncio; de hecho, algo del deseo airado de despertar en ella una mayor sensibilidad hacia él, lo cual le había impulsado a hablar prematuramente, se mezclaba todavía con su dolor ante la perspectiva del dolor de ella.

Pero esperó hasta que se llevaron la bandeja, se encendieron las velas y se pudo contar con la tranquilidad de la noche: el intervalo había dado tiempo para que la ternura repelida volviera a su cauce habitual. Le habló con amabilidad.

—Querida Rosy, deja tu labor y ven a sentarte a mi lado —dijo con suavidad, apartando la mesa y extendiendo el brazo para acercar una silla junto a la suya.

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