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nydus/MiddlemarchPublic
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XXVII

sobre lo que podía hacer por mamá. Su presencia de ánimo y su habilidad para llevar a cabo sus indicaciones eran admirables, y no es de extrañar que la idea de ver a Rosamond empezara a mezclarse con su interés por el caso. Especialmente cuando la etapa crítica hubo pasado y empezó a sentirse seguro de la recuperación de Fred. En el tiempo más dudoso, él había aconsejado llamar al doctor Sprague (el cual, de haber podido, habría preferido mantenerse neutral por consideración a Wrench); pero tras dos consultas, la dirección del caso quedó en manos de Lydgate, y había razones de sobra para que este fuera diligente. Mañana y tarde acudía a casa de los Vincy, y poco a poco las visitas se volvieron alegres a medida que Fred se quedaba simplemente débil y yacía no solo necesitado del mayor mimo, sino consciente de él, de modo que la señora Vincy sentía como si, después de todo, la enfermedad hubiera convertido en una fiesta su ternura.

Tanto el padre como la madre consideraban un motivo más para estar de buen humor el hecho de que el viejo señor Featherstone enviara recados a través de Lydgate, diciendo que Fred tenía que darse prisa en ponerse bueno, ya que él, Peter Featherstone, no podía prescindir de él y echaba mucho de menos sus visitas. El viejo mismo estaba empezando a postrarse en cama.

La señora Vincy le contaba estos recados a Fred cuando este podía escuchar, y él volvía hacia ella su rostro delicado y demacrado, del que le habían cortado todo el espeso cabello rubio y en el que los ojos parecían haberse hecho más grandes, anhelando alguna palabra sobre Mary, preguntándose qué sentiría ella acerca de su enfermedad.

Ni una sola palabra cruzó sus labios; pero «oír con los ojos pertenece al raro ingenio del amor», y la madre, con el corazón rebosante, no solo adivino el anhelo de Fred, sino que se sintió dispuesta a cualquier sacrificio con tal de satisfacerlo.

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