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nydus/MiddlemarchPublic
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XXIII

derroche si tenía que revelar una deuda, y a Fred le desagradaba el mal tiempo bajo techo. Era demasiado filial para faltarle el respeto a su padre, y soportaba el trueno con la certeza de que era pasajero; pero entretanto era desagradable ver llorar a su madre, y también verse obligado a poner cara de malhumor en vez de divertirse; pues Fred era tan de buen carácter que, si lucía ceñudo ante las reprimendas, era principalmente por cuestión de decoro.

El camino más fácil, evidentemente, era renovar el pagaré con la firma de un amigo. ¿Por qué no? Con las superfluas garantías de la esperanza a su disposición, no había razón por la cual no hubiera debido de aumentar las deudas de otras personas hasta cualquier extremo, de no ser por el hecho de que los hombres cuyos nombres valían algo solían ser pesimistas, poco dispuestos a creer que el orden universal de las cosas fuera necesariamente favorable a un joven simpático.

Con un favor que pedir, repasamos nuestra lista de amigos, hacemos justicia a sus cualidades más amables, perdonamos sus pequeñas ofensas y, pensando en cada uno a su turno, intentamos llegar a la conclusión de que estará deseoso de complacernos, pues nuestro propio deseo de ser complacidos es tan contagioso como cualquier otra calidez. Aun así, siempre hay un cierto número de ellos a los que se descarta por considerarlos de entusiasmo moderado hasta que los demás se han negado; y ocurrió que Fred tachó a todos sus amigos menos a uno, bajo el argumento de que recurrir a ellos le resultaría desagradable; estando implícitamente convencido de que él al menos (cualquiera que fuese la opinión sobre la humanidad en general) tenía derecho a librarse de cualquier cosa desagradable. Que él cayera jamás en una situación verdaderamente desagradable —llevar pantalones encogidos por el lavado, comer cordero frío, tener que caminar por falta de caballo, o tener que «agachar la cabeza» de cualquier modo— era un absurdo

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