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nydus/MiddlemarchPublic
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XXXVI

era una roca: no tenía más fijeza que esa fijeza de impulsos alternos que a veces se llama hábito, y esto era de todo punto desfavorable para que él adoptara la única línea de conducta decisiva en relación con el compromiso de su hija —a saber: investigar a fondo la situación de Lydgate, declarar su propia incapacidad para aportar dinero y prohibir por igual un matrimonio apresurado o un compromiso que obligatoriamente había de ser demasiado largo—. Eso parece muy simple y fácil al enunciarlo; pero una resolución desagradable tomada en las frías horas de la mañana tenía en su contra tantas condiciones como la helada temprana, y rara vez persistía bajo las influencias cálidas del día. La expresión indirecta aunque enérgica de opinión a la que el señor Vincy era propenso sufrió gran freno en este caso: Lydgate era un hombre orgulloso con respecto al cual las indirectas eran evidentemente peligrosas, y arrojar el sombrero al suelo estaba fuera de cuestión. El señor Vincy le tenía un poco de respeto, un poco de vanidad de que quisiera casarse con Rosamond, cierta indisposición a suscitar una cuestión de dinero en la que su propia posición no era ventajosa, cierto temor a salir derrotado en la charla con un hombre mejor educado y más distinguido que él, y un poco de miedo a hacer lo que a su hija no le agradaría. El papel que el señor Vincy prefería desempeñar era el de anfitrión generoso a quien nadie critica. En la primera mitad del día había negocios para estorbar cualquier comunicación formal de una resolución contraria; en la segunda había cena, vino, whist y satisfacción general. Y entretanto las horas iban dejando cada una su pequeño depósito y formando gradualmente la razón definitiva para la inacción, a saber, que la acción era ya tardía. El pretendiente oficial pasaba la mayor parte de sus tardes en Lowick Gate, y un cortejo que no dependía en absoluto de anticipos de dinero por parte de los suegros, ni de ingresos futuros procedentes de una profesión, prosperaba alegremente ante los propios ojos del señor Vincy. ¡Los amores juveniles, esa telaraña de gasa! Hasta los puntos a los que se aferra —las cosas de las que cuelgan sus sutiles entrelazados— son apenas perceptibles: roces momentáneos de

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