Ciertamente las horas de oro se vuelven grises y ya no danzan, y en vano se esfuerzan por correr: veo sus blancas guedejas flotando en el viento— cada rostro está demacrado al mirarme, girando lentamente en el constante abrazo azotado por la tormenta.
El sufrimiento de Dorothea al salir de la iglesia provenía principalmente de la percepción de que el señor Casaubon estaba decidido a no hablar con su primo, y de que la presencia de Will en la iglesia había servido para marcar con más fuerza el distanciamiento entre ambos.
La llegada de Will le pareció a ella totalmente disculpable; es más, creía que era en él un gesto amable hacia una reconciliación que ella misma había estado deseando constantemente. Probablemente él había imaginado, igual que ella, que si el señor Casaubon y él podían encontrarse con naturalidad, se darían la mano y la relación amistosa podría reanudarse.
Pero ahora Dorothea se sentía totalmente despojada de esa esperanza. Will estaba más desterrado que nunca, pues el señor Casaubon debía de haberse envenenado de nuevo ante esta imposición de una presencia que se negaba a reconocer.
Él no se había sentido muy bien aquella mañana, pues sufría de cierta dificultad para respirar, y en consecuencia no había predicado; por lo tanto, a ella no le sorprendió que estuviera casi en silencio en el almuerzo, y menos aún que no hiciera alusión alguna a Will Ladislaw. Por su parte, sentía que jamás volvería a sacar a relucir ese tema. Solían pasar separadas las horas comprendidas entre el almuerzo y la cena de un domingo; el señor Casaubon en la biblioteca, durmiendo la siesta por lo general, y