la promesa de ir a visitarlo. «No puedo dejarlo escapar, sabe, porque tengo algunos escarabajos que enseñarle. Los coleccionistas nos interesamos por cada hombre nuevo hasta que ha visto todo lo que tenemos para mostrarle».
Pero pronto se dirigió a la mesa de whist, frotándose las manos y diciendo: «¡Vamos, seamos serios! ¿El señor Lydgate? ¿No juega? ¡Ah! Es usted demasiado joven y ligero para este tipo de cosas».
Lydgate se dijo que el clérigo cuyas facultades resultaban tan molestas al señor Bulstrode parecía haber encontrado un refugio agradable en esta casa que ciertamente no se distinguía por su erudición. Podía llegar a comprenderlo a medias: el buen humor, el atractivo físico de mayores y jóvenes, y la facilidad para pasar el tiempo sin ningún esfuerzo intelectual, debían de hacer que la casa resultara tentadora para gente que no sabía muy bien qué hacer con sus ratos libres.
Todo parecía floreciente y alegre, excepto la señorita Morgan, que era morena, apagada y resignada, y en conjunto, como solía decir la señora Vincy, justo el tipo de persona adecuada para una institutriz.
Lydgate no tenía intención de hacer muchas visitas de ese tipo por su cuenta. Eran una maldiza pérdida de las tardes; y ahora, cuando hubiera hablado un poco más con Rosamond, pensaba excusarse e irse.
—No les vamos a gustar en Middlemarch, estoy segura —dijo, una vez que los jugadores de whist se acomodaron—. Somos muy tontos, y usted ha estado acostumbrado a algo muy diferente.
—Supongo que todos los pueblos de provincias son más o menos iguales —dijo Lydgate—. Pero he notado que uno siempre cree que su propio pueblo es más estúpido que cualquier otro. He tomado la decisión de aceptar Middlemarch tal y como venga, y le agradeceré mucho al pueblo que haga lo mismo conmigo. Ciertamente le he encontrado algunos encantos que son mucho mayores de lo que esperaba.