queriendo trocearlo para hacer vías férreas; y todo para que el gran tráfico se trague al pequeño, de modo que no quede ni una yunta en la tierra, ni un látigo que hacer sonar.
—Pues chasquearé el látigo junto a sus orejas antes de que lleguen a eso, en cambio —dijo Hiram, mientras el señor Solomon, sacudiendo las bridas, seguía su camino.
La semilla de ortiga no necesita azadón. La ruina de esta campiña a manos de los ferrocarriles se comentaba no solo en el mesón «El Peso y la Balanza», sino también en el majano, donde la concentración de braceros brindaba oportunidades para charlar como pocas veces se presentaban a lo largo del año rural.
Una mañana, no mucho después de aquella entrevista entre el señor Farebrother y Mary Garth, en la que ella le confesó sus sentimientos hacia Fred Vincy, sucedió que su padre tenía un asunto que lo llevaba a la granja de Yoddrell, en dirección a Frick: se trataba de medir y tasar una parcela apartada perteneciente a Lowick Manor, de la que Caleb esperaba deshacerse de forma ventajosa para Dorothea (hay que confesar que su inclinación era conseguir las mejores condiciones posibles de las compañías ferroviarias).
Dejó su calesa en lo de Yoddrell y, al caminar con su ayudante y la cadena de agrimensor hacia el lugar de su trabajo, se encontró con el grupo de agentes de la compañía, que estaban ajustando su nivel de burbuja.
Tras una breve charla los dejó, comentando que más tarde lo alcanzarían de nuevo allí donde iba a medir.
Era una de esas mañanas grises tras lluvias ligeras, que se vuelven deliciosas hacia las doce, cuando las nubes se abren un poco y el olor de la tierra es dulce por los caminos y junto a los setos.