tengo mucho cariño; ¡por Júpiter que sí! No hay nada que me guste más que molestarte; te pareces tanto a tu madre, y tendré que prescindir de ello. Pero el brandy y el soberano son un trato hecho.
Dio un tirón hacia adelante de la petaca y Rigg se dirigió a una hermosa y vieja cómoda de roble con sus llaves. Pero Raffles se había recordado a sí mismo con su movimiento de la petaca que esta se había aflojado peligrosamente de su funda de cuero, y al divisar un papel doblado que había caído dentro del guardafuegos, lo tomó y lo metió a presión bajo el cuero para que el vidrio quedara firme.
Para entonces Rigg se adelantó con una botella de brandy, llenó la petaca y le tendió a Raffles un soberano, sin mirarlo ni dirigirle la palabra. Tras volver a cerrar con llave el bargueño, caminó hasta la ventana y se quedó contemplando el exterior con la misma impasibilidad que al principio de la entrevista, mientras Raffles se