—Pero mi madre siempre cede —dijo el vicario con picardía.
“No, no, Camden, no debe llevar al señor Lydgate a formarse una idea equivocada de mí. Jamás le faltaré al respeto a mis padres de esa manera, renunciando a lo que me enseñaron. Cualquiera puede ver lo que resulta de andar cambiando. Si uno cambia una vez, ¿por qué no veinte veces?”.
—Un hombre puede ver buenos argumentos para cambiar una vez, y no verlos para volver a cambiar —dijo Lydgate, divertido con la decidida anciana.
—Perdone usted. Si nos atenemos a los argumentos, nunca faltan cuando a uno le falta firmeza de espíritu. Mi padre jamás cambió, y predicaba sermones de moral sencilla sin argumentos, y era un hombre de bien —pocos mejores—. Cuando me consiga usted a un hombre de bien hecho a base de argumentos, yo le conseguiré a usted una buena cena leyéndole el libro de cocina. Esa es mi opinión, y creo que cualquier estómago me dará la razón.
—En cuanto a la cena sin duda, madre —dijo el señor Farebrother.
“Es la misma cosa, la cena o el hombre. Tengo casi setenta años, señor Lydgate, y me fío de la experiencia. No soy de los que siguen nuevas luces, aunque abundan por aquí como en todas partes. Digo que llegaron con esas telas mezcladas que ni se lavan bien ni resisten el uso.
No era así en mi juventud: un eclesiástico era un eclesiástico, y de un clérigo, podías estar bastante seguro, era un caballero, si no otra cosa. Pero ahora puede no ser mejor que un disidente, y querer apartar a mi hijo con el pretexto de la doctrina.
Pero quienquiera que desee apartarle, me enorgullece decir, señor Lydgate, que puede compararse con cualquier predicador de este reino, por no hablar de este pueblo, que es un rasero muy bajo; al menos, a mi modo de ver, pues nací y me crié en Exeter.”