entre el parque y el jardín de recreo, de modo que desde las ventanas del salón la mirada barría ininterrumpidamente una pendiente de césped verde hasta que los tilos terminaban en una llanura de cereales y pastos, que a menudo parecían fundirse en un lago bajo el sol poniente. Este era el lado alegre de la casa, pues el sur y el este se veían bastante melancólicos aun bajo la mañana más luminosa. Los terrenos aquí eran más limitados, los macizos de flores no mostraban un cuidado muy esmerado, y grandes grupos de árboles, principalmente de sombríos tejos, se habrían alzado altos, a no diez yardas de las ventanas.
El edificio, de piedra verdosa, estaba construido al viejo estilo inglés, no era feo, pero sí de ventanas pequeñas y aspecto melancólico: la clase de casa que necesita niños, muchas flores, ventanas abiertas y pequeñas perspectivas de cosas alegres para parecer un hogar dichoso.
En este tramo final del otoño, con un escaso remanente de hojas amarillas cayendo lentamente a través de los oscuros perennifolios en una quietud sin sol, la casa tenía también un aire de decadencia otoñal, y el señor Casaubon, al presentarse, no poseía ningún lozano verdor que pudiera destacar sobre ese fondo.
—¡Válgame Dios! —se dijo Celia para sus adentros—, estoy segura de que Freshitt Hall habría sido más agradable que esto. Pensó en la piedra caliza blanca, el pórtico columnado y la terraza llena de flores, en Sir James sonriendo por encima de ellas como un príncipe que sale de su encantamiento en un rosal, con un pañuelo metamorfoseado al instante a partir de los pétalos de más delicado aroma; ¡Sir James, que hablaba tan agradablemente, siempre de cosas que tenían sentido común, y no de erudición! Celia tenía esos ligeros gustos femeninos y juveniles que los caballeros severos y curtidos por la intemperie a veces prefieren en una esposa; pero,