Jamás fue el buen amor amado en vano, pues el más fiel amor es don supremo. Arte no hay que lo cree: nacer debe do los elementos lo favorecen.
Así en la hora y sitio del cielo brota la pequeña flor nativa, raíz abajo y al cielo la mirada, formada por la tierra y el firmamento.
Resultó ser un sábado por la tarde cuando Will Ladislaw mantuvo aquella pequeña conversación con Lydgate. Su efecto, al volver a sus habitaciones, fue hacerle desvelarse media noche, dándole vueltas de nuevo, bajo una nueva irritación, a todo lo que antes había pensado sobre haberse instalado en Middlemarch y haberse yugado al señor Brooke.
Las dudas que había tenido antes de dar el paso se habían convertido desde entonces en susceptibilidad ante cualquier insinuación de que habría sido más sabio no darlo; y de ahí procedía su ardor hacia Lydgate—un ardor que aún lo mantenía inquieto.
¿No estaba haciendo el tonto?—¿y en un momento en que era más consciente que nunca de ser algo mejor que un tonto? ¿Y con qué fin?
Bien, sin un fin determinado. Es verdad que tenía visiones soñadoras de posibilidades: no hay ser humano que, poseyendo pasiones y pensamientos, no piense como consecuencia de sus pasiones, que no encuentre imágenes que surgen en su mente para calmar la pasión con esperanza o aguijonearla con temor. Pero esto, que nos ocurre a todos, ocurre en algunos con gran diferencia; y Will no era de aquellos cuyo ingenio «se mantiene en el camino real»: