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nydus/MiddlemarchPublic
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III

Diga, oh diosa, qué sobrevino, cuando Rafael, el afable arcángel…

… Eva la historia escuchó atenta, y se llenó de admiración, y de profundo asombro, al oír de cosas tan altas y extrañas.

Si a propósito de la señorita Brooke se le hubiera ocurrido en verdad al señor Casaubon pensar en ella como una esposa adecuada para él, las razones que podrían inducirla a aceptarlo ya estaban sembradas en su mente, y hacia la tarde del día siguiente esas razones habían brotado y florecido.

Pues habían tenido una larga conversación por la mañana, mientras Celia, a quien no le gustaban la compañía de los lunares y la tez cetrina del señor Casaubon, se había escapado a la vicaría para jugar con los hijos, mal calzados pero alegres, del coadjutor.

Dorothea por entonces ya había mirado hondo en el inescrutable depósito de la mente del señor Casaubon, viendo reflejada en él, en vaga y laberíntica extensión, cada cualidad que ella misma aportaba; le había abierto gran parte de su propia experiencia y había comprendido por boca de él el alcance de su gran obra, también de una extensión atractivamente laberíntica.

Pues él se había mostrado tan instructivo como el «afable arcángel» de Milton; y con algo del talante arcangélico le contó cómo se había propuesto demostrar (lo que en verdad ya se había intentado antes, pero no con la minuciosidad, la justicia de comparación y la eficacia de disposición que el señor Casaubon perseguía) que todos los sistemas míticos o los erráticos fragmentos míticos del mundo eran corrupciones de una tradición originalmente revelada.

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