“Trata de no afligirte, querida —dijo Lydgate, levantando los ojos hacia ella—. El hecho de que hubiera decidido alejarse de él en este momento de dificultad hacía que todo fuera más difícil de decir, pero tenía que continuar sin falta.
—Debemos armarnos de valor para hacer lo necesario. Soy yo quien ha tenido la culpa: debí haber visto que no podía permitirme vivir de esta manera. Pero muchas cosas han jugado en contra mía en mi ejercicio profesional, y la verdad es que en este momento ha decaído a un punto muy bajo. Quizá logre recuperarlo, pero entretanto debemos frenar en seco; debemos cambiar nuestro modo de vida. Saldremos adelante. Cuando haya dado esta garantía tendré tiempo de mirar a mi alrededor; y tú eres tan lista que, si te aplicas a la administración, me obligarás a ser prudente. He sido un indesebrado irreflexivo en cuanto a cuadrar los precios..., pero vamos, querida, siéntate y perdóname”.